¿Enseñar a filosofar o enseñar historia de la filosofía? Cómo
enseñar filosofía parecería, a primera vista, una cuestión meramente técnico-pedagógica,
en la que habría que sopesar las diferentes formas en las que exponer
los contenidos filosóficos. Sin embargo, esta cuestión sólo puede ser
esclarecida una vez que se ha dilucidado qué es la filosofía. Dependiendo de la
respuesta que se dé a esta prístina pregunta encontraremos diferentes
propuestas educativas. De este modo,
la pregunta sobre la enseñanza de la filosofía es una pregunta genuinamente filosófica
que desborda el ámbito de lo meramente técnico.
O bien enseñamos a filosofar, es
decir, educamos a los jóvenes a desarrollar una posición crítica desde la que
valorar cada propuesta particular (e incluso a formular una propuesta propia).
O bien enseñamos a los educandos contenidos de filosofía, es decir, las
diferentes objetivaciones filosóficas que se han ido sedimentando a lo largo de
los siglos. O bien entendemos la enseñanza de la filosofía como actividad,
o bien la entendemos como doxografía. Esta contraposición podemos
rastrearla hasta la misma escolástica, donde queda patente la diferencia
metodológica entre disputatio y lectio. Estas posiciones han sido
defendidas por dos filósofos de la máxima envergadura. Por un lado, tenemos a
Kant, que propone al educando aprender a filosofar, y por otro tenemos a Hegel,
que propugna un saber sistemático de todas las filosofías precedentes.
En principio, planteada la cuestión así, creo que serían muchos los que sentirían simpatía por la posición kantiana. Enseñar a filosofar consistiría en cultivar la autonomía y el pensamiento crítico, cuyo fin último, mas que la memorización escolar, sería e crecimiento personal. En cambio, la propuesta hegeliana, es decir, el saber sistemático de la filosofía, parecería más bien una erudición frívola con escasa relevancia. Sin embargo, a pesar de las apariencias, creo que la propuesta hegeliana es mucho más eficaz.
Imaginemos a un hombre tumbado al lado de una piscina, haciendo movimientos absurdos con brazos y piernas. Cuando le preguntan a qué viene todo eso, él responde que no sabe nadar y que está tratando de aprender antes de echarse al agua. Seguramente, la mayoría de nosotros le respondería que eso que trata de hacer es imposible, sólo puede aprender a nadar dentro del agua. Esta es la razón (muy simplificada) por la cual Hegel no puede aceptar el planteamiento kantiano. Aunque el también tenga en mente el filosofar como actividad, sabe que este filosofar no puede darse en el vacío. Solo puede aprenderse el filosofar circundado (o inmerso en) las filosofías realmente existentes, estas son el medio en las que uno flota con el empuje de brazos y piernas, y sin las cuales nos hundiríamos en un abismo de opiniones sin fundamento.
Y así nos va, que la nada, más que nadearnos, no nos hace ni ahogadillas.


