sábado, 4 de enero de 2020

Prolegómenos a toda docencia futura.


Me gustaría ser el profesor que mis alumnos se merecen. Creo que lo fundamental para conseguirlo es el respeto por el oficio y el rigor filosófico. Ser profesor de filosofía, como ocurre en cualquier otra profesión, requiere de una serie de conocimientos previos. El problema del conocimiento filosófico consiste en la indefinición de su objeto de estudio. Si la biología o la física parten de un objeto claramente definido, la filosofía, en cambio, debe cuestionarse permanentemente sobre qué objetos versa. Este rasgo peculiar del hacer filosófico ha provocado que en ocasiones se deslice hacia tendencias esotéricas o poéticas. Nadie tiene la ocurrencia de inmiscuirse en el campo de la inmunología si no tiene la formación necesaria. Por el contrario, es frecuente encontrar a entrometidos en la filosofía que, sin los conocimientos suficientes, osan disertar sobre todo tipo de arbitrariedades.

Ahora bien, la indefinición que caracteriza a la filosofía no significa que esta pueda ser cultivada por cualquiera. Puede que el objeto de la filosofía no puede ser establecido de una vez por todas, pero ello no significa que la solución a la indefinición del objeto de la filosofía no sea su determinación (la cual siempre será provisoria). La verdadera solución es el rigor. El rigor consiste en emplear los conceptos filosóficos con propiedad y comprender su sentido teórico en el discurso reflexivo, así como en circunscribir con concreción los conceptos originales que se vayan introduciendo. Con frecuencia estos conceptos son dilatados en su significado injustificadamente, o sustituidos por otros más poéticos y oscuros. Otras veces vemos como un gran estilo oculta la carencia de nociones precisas y concretas, como sucede en el último periodo de Nietzsche. Llagamos a presenciar, incluso, como algunos pseudofilósofos llegan a inventarse neologismos disparatados, como “caosmos” o “rizomático”, en sustitución de conceptos mucho más concretos; todo ello para ocultar al lector su carencia de ideas.

La cura de estos males es el rigor y la honestidad intelectual, y creo que esta debería ser la mayor virtud en un profesor de filosofía. El docente debe interiorizar que lo que tiene entre manos no son meros juegos de palabras, sino un saber determinado y concreto. Debe evitar la libre asociación de ideas para consagrar todas sus fuerzas espirituales al trabajo del concepto. La filosofía no es un ingrediente que se espolvorea sobre películas y novelas para darles un sabor más profundo, es un trabajo que requiere de abnegación.

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