Me gustaría ser el
profesor que mis alumnos se merecen. Creo que lo fundamental para conseguirlo
es el respeto por el oficio y el rigor filosófico. Ser profesor de filosofía,
como ocurre en cualquier otra profesión, requiere de una serie de conocimientos
previos. El problema del conocimiento filosófico consiste en la indefinición de
su objeto de estudio. Si la biología o la física parten de un objeto claramente
definido, la filosofía, en cambio, debe cuestionarse permanentemente sobre qué
objetos versa. Este rasgo peculiar del hacer filosófico ha provocado que en
ocasiones se deslice hacia tendencias esotéricas o poéticas. Nadie tiene la
ocurrencia de inmiscuirse en el campo de la inmunología si no tiene la formación
necesaria. Por el contrario, es frecuente encontrar a entrometidos en la
filosofía que, sin los conocimientos suficientes, osan disertar sobre todo tipo
de arbitrariedades.
Ahora bien, la
indefinición que caracteriza a la filosofía no significa que esta pueda ser
cultivada por cualquiera. Puede que el objeto de la filosofía no puede ser
establecido de una vez por todas, pero ello no significa que la solución a la
indefinición del objeto de la filosofía no sea su determinación (la cual
siempre será provisoria). La verdadera solución es el rigor. El rigor
consiste en emplear los conceptos filosóficos con propiedad y comprender su
sentido teórico en el discurso reflexivo, así como en circunscribir con
concreción los conceptos originales que se vayan introduciendo. Con frecuencia
estos conceptos son dilatados en su significado injustificadamente, o
sustituidos por otros más poéticos y oscuros. Otras veces vemos como un gran
estilo oculta la carencia de nociones precisas y concretas, como sucede en el último
periodo de Nietzsche. Llagamos a presenciar, incluso, como algunos
pseudofilósofos llegan a inventarse neologismos disparatados, como “caosmos” o
“rizomático”, en sustitución de conceptos mucho más concretos; todo ello para
ocultar al lector su carencia de ideas.
La cura de estos males es
el rigor y la honestidad intelectual, y creo que esta debería ser la mayor
virtud en un profesor de filosofía. El docente debe interiorizar que lo que
tiene entre manos no son meros juegos de palabras, sino un saber determinado y
concreto. Debe evitar la libre asociación de ideas para consagrar todas sus
fuerzas espirituales al trabajo del concepto. La filosofía no es un ingrediente
que se espolvorea sobre películas y novelas para darles un sabor más profundo,
es un trabajo que requiere de abnegación.
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